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Rafael de la Fuente
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Hotel Portmeirion, Penrhyndeudraeth, Gales
Date: 09-07-2013 - 07h44   Modif.: 09-07-2013 - 07h44






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Publicado por: Rafael de la Fuente

Entre los hoteles que he ido rescatando del mundo siempre algo neblinoso de los recuerdos, ha habido de todo. Hoteles que han definido a una ciudad y a una época. Hoteles que han hecho irresistibles para el viajero los lugares donde éstos estaban emplazados. Hoteles con tal poder para cautivar a sus incondicionales, que éstos evitaban salir de él hasta el día 
-siempre temido– del regreso a la que se suponía era su casa.  Hoteles con más de un siglo de historia, siempre merecedora del adjetivo de fascinante, y hoteles con historias no tan largas en el tiempo pero no menos fascinantes. Hoteles que desaparecieron para siempre de la faz de la tierra, como el inolvidable Hotel Santa Clara (“El Castillo del Inglés”) en Torremolinos. Y hoteles que desaparecieron también pero que tuvieron mejor fortuna, como el Portmeirion, de nuevo con sus puertas abiertas y con excelente salud en un remoto rincón de la costa noroeste  del País de Gales.

Recuerdo cuando conocí, hace algo más de 30  años, al artífice del Portmeirion, creador también  del pequeño y excéntrico  universo alrededor de un hotel muy especial en todos los sentidos. Inconfundiblemente británico en su atuendo, Sir Clough Williams-Ellis paseaba con su perro delante de su hotel. Un vigoroso anciano con los 90 años ya cumplidos,  instalado en  la vitalidad y la curiosidad y el sentido del humor de una persona mucho más joven. Me habían hablado de él como una auténtica leyenda.

Sir Clough había nacido en Northamptonshire, en 1883, en el apogeo de la Inglaterra victoriana. El apellido Williams confirmaba los orígenes galeses de su familia. Estudió en el Trinity College en Cambridge. Llamado a filas, combatió con valor y distinción en los frentes de la Primera Guerra Mundial.  

Su reputación  como arquitecto se extendió por el Reino Unido a partir de los años veinte. Desde muy joven tenía una ambición, no tan secreta. Encontrar uno de los lugares más bellos del mundo.  Y en vez de degradarlo o destruirlo, lo convertiría en un pequeño paraíso, a su medida y semejanza. Sin olvidar por un minuto que un tesoro así tendría que ser celosamente protegido, no sólo de la vulgaridad o la estupidez, sino también de los peligros de la vulnerabilidad  financiera.

Después de una larga búsqueda, en la que llegó a considerar  una isla en Nueva Zelanda,  en 1925 su tío Sir Osmond Williams le dio una pista. En Gales,  una finca en un lugar aislado, salvaje, en el extremo norte de la bahía de Cardigan se ponía en venta. La propietaria del lugar, conocido como Aber Iâ, acababa de fallecer. Documentos de  épocas anteriores informaban que  estaba considerada como “una de las residencias más pintorescas de la costa galesa”.

Tan pronto como Sir Clough llegó por mar a la casa (no había caminos practicables) supo que su búsqueda había terminado. La compró. Era exactamente lo que había buscado: acantilados que penetraban en las aguas del estuario, masas de árboles espléndidos, y una vegetación poderosa que  se llenaba de flores con el buen tiempo. Pequeñas caletas de arena fina flanqueadas por formaciones rocosas e incluso un lugar seguro para proteger las embarcaciones. Y a partir de ese momento su obsesión sería añadir nuevos acres de terreno a la propiedad original, hasta llegar a aislar la pequeña península de cualquier vecindad inadecuada. 

La primera decisión de Sir Clough fue elegir un nombre para su paraíso privado: Portmeirion. Una vez adecentados los alrededores de la antigua casa, enseguida se dio cuenta que había un destino ideal para la vieja mansión. Convertirla en un pequeño hotel, el núcleo de lo que poco a poco sería un pueblo que tendría que crearse de la nada y crecer paso a paso en armonía con el sueño que había inspirado a Portmeirion.

Fue en la Semana Santa de 1926 cuando sir Clough Williams-Ellis inauguró su hotel. Por supuesto, sin ningún tipo de engorroso permiso administrativo. Los comienzos fueron desastrosos. La bomba de agua se resistía a funcionar. El suministro de electricidad era más que errático y la cocina era un caos. Pero los treinta invitados de Sir Clough estaban encantados de sentirse como  refugiados en aquel lugar mágico. Y la noticia se extendió por toda Inglaterra. En Gales había un pequeño paraíso y Sir Clough tenía la llave para abrir la puerta. 

La primera directora del hotel fue amablemente despedida, por insistir ésta  que el Portmeirion tenía que funcionar como un hotel normal. Afortunadamente, Sir Clough encontró al director perfecto, un personaje extraordinario, James Wyllie. Desde el primer momento este hotelero aficionado a la pintura tuvo el acierto de darse cuenta que el Portmeirion era un hotel para aquellos que querían olvidarse del mundo insípido y vulgar en el que se veían forzados a vivir. Durante treinta años, aquel par de excéntricos geniales, Sir Clough y Mr Wyllie, trabajaron codo a codo para hacer posible uno de los hoteles más originales  y más deseados del mundo.

Lo más florido de la “intelligentsia” británica enseguida se convirtieron en entusiastas huéspedes del Portmeirion: George B. Shaw, H. G. Wells, Noël Coward, Bertrand Russell (que terminó comprándose una casa en la vecindad), el actor Charles Laughton, Rose Macaulay (la inolvidable autora del “Fabled Shores”, en el que describió el viejo Santa Clara de Torremolinos, antes del cataclismo), Richard Hughes y tantos otros... Con el tiempo la clientela fue  cambiando. Los gigantes del pensamiento fueron dejando sitio a los gigantes del dinero. Ni los Rollses (Rolls-Royce para lo no iniciados) y sus chóferes uniformados ni sus opulentos amos impresionaban mucho a la gente del Portmeiriron. Y unos y otros lo sabían. Y además Sir Clough estaba encantado  de que fuera así. Pues el dinero de sus acaudalados huéspedes era necesario para hacer posible el pueblo que Sir Clough iba construyendo poco a poco alrededor del hotel.

El mismo Sir Clough definía a las arboledas que rodeaban al Portmeirion como “un refugio para casas caídas en desgracia”. Las   edificaciones que poco a poco crecían en la propiedad eran generalmente un conjunto de fragmentos de grandes mansiones de todo el Reino Unido, que Sir Clough compraba, transportaba y volvía a levantar en Portmeirion. Como muchos de esos elementos arquitéctonicos eran  del Renacimiento británico, el pueblo iba adquiriendo unas sorprendentes características del clasicismo italiano.

En 1973, cinco años antes de su fallecimiento, Sir Clough fue notificado por las autoridades responsables de la custodia de los patrimonios culturales e históricos del Reino Unido que se había decidido conferir el grado máximo de protección institucional a todo el conjunto de Portmeirion. Era sin duda un gran honor, pero esto significaba que  ni siquiera Sir Clough podría cambiar una puerta en su hotel o en cualquiera de los edificios de su pueblo sin la correspondiente autorización administrativa.

El último superviviente de los viejos tiempos fue el loro de  Jim Wyllie. Tenía la costumbre  de levantar el vuelo desde la Bell Tower, para hacer sus rondas sobre el mar y posarse finalmente sobre el hombro de su amo, el director del hotel. Cuando éste falleció, el pájaro, siempre exótico en un lugar como Gales,  intentaba buscar, con mayor o menor éxito,   un hombro que aceptara su aterrizaje. Pero ya todo sería diferente.

En la noche del 5 de Junio de 1981 un incendio, alimentado por fuertes vientos del este, destruyó completamente al viejo hotel. Entre los tesoros que se perdieron para siempre – muebles valiosísimos, obras de arte, la bodega y sus vinos prodigiosos - estaban las planchas de madera del HMS Arethusa, el último velero de la Royal Navy, incorporadas a las “boiseries” del Cockpit Bar,  fondo de  una admirable copa de cristal, obra de Laurence Whistler, diseñada en honor del 40 aniversario del Pormeirion. Todo se perdió en el incendio. 

Pero el espíritu de Sir Clough Williams-Ellis y su ejemplo inspiraron a sus sucesores. Tan pronto se retiraron los escombros del hotel, empezaron los trabajos de reconstrucción, con el compromiso de ser lo más fiel posible al viejo Portmeirion. Y así fue. El 29 de Abril de 1988 el nuevo hotel abrió sus puertas. Con sus 14 habitaciones y sus restaurantes y su famoso bar. El trabajo que permitió recuperar una gran parte de lo teóricamente irrecuperable fue admirable.

Y al año siguiente el Hotel Pormeirion recibía el galardón más importante que se concede en el Reino Unido cuando se recupera un patrimonio nacional perdido. Por la “Brilliant restoration of a great hotel to former glory”. Y escondido en ese remoto estuario en  la bahía de Cardigan, entre el castillo de Harlech y el Parque Nacional de Snowdonia, el hotel sigue dando la bienvenida a sus huéspedes. Felizmente. 



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